Regando plantines, esperanzado en una buena cosecha, caminan los finqueros.
Caminan descalzos con la espalda corbada de mirar sus ilusiones. De mirar,
El cielo se les a olvidado, sus ojos solo reflejan el barro, barro nutrido y libinidoso decidiendo lo que quiere dar y lo que no. Sus miradas duras, esperando el destino, miradas resignadas a su labor, a su tarea.
A la noche bailan, en las orillas de las acequias, se bañan en los canales, en sus cristales brilla la luna y el presente, el desinterés por el mañana, interés agotado dúrate su día.
Saltan, y cantan un himno. Un trance sumerge a la sociedad, entonces emerge Don Arturo con su espada sin filo. Llama a dieguito, el hombrecito, le pega en la cabeza, dieguito cae inconsciente, con los ojos blancos, mirando su inocencia.
Pedro reacciona del trance general, y muere.
Diego se levanta al otro día, llora, tiembla, tiene frió, suda, corre, cae, grita por Pdro.
Maria conmovida corre a su consuelo, lo abraza, lo toma de la mano y lo lleva a otro lado.
Vida, flores, mañana.
9 meses después nace Pedrito, Diego cae, mira el sol, encandilado sus ojos se prenden fuego. Camina hasta Don Arturo, le clava sus uñas llenas de tierra en sus ojos. Arturo grita, nadie corre en su ayuda, Diego empieza a cantar el himno y empieza a quedarse con la piel del viejo. Maria en su palco rie, aplaude, amamanta a Pedrito.
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